Lunes, 29 de agosto de 2005
Nunca había podido dormir tanto en carretera, no más de 5 minutos, o no que yo me acuerde... Mis pobres padres se veían en la penosa necesidad de desvelarme cuando era pequeña antes de salir de viaje para que por lo menos fuera "un poco atarantada", porque dormida era mucho pedir... Quizá se deba a mi naturaleza explotadora del tiempo productivo...
Total, supongo que fueron varios y diversos factores los causantes de este fenómeno: Primero, dormida a las 12 desmañanada a las 5 (algo lejos de las 8 horas de sueño recomendadas), oscuridad afuera, brillo en las ventanas...es decir, nada que ver, nada productivo que hacer, carros malvados con luces en tus muy dilatadas pupilas... Párpados que se vencían...
Me desperté sólo para contemplar la niebla que formaba una suave sábana blanca en una llanura que se extendía de oriente a poniente y de norte a sur, partido por la carretera. Sobresalían las lomitas azul-verdosas como islas en un lago. ¡Es un lago!, pensé medio adormecida, ¿pero cuál?
En el horizonte, una multitud de cerros formábasen uno tras otro, asomándose tras de sí como queriendo ganar el mejor lugar para admirar el lago, donde parecían tener sumergidas sus faldas. Un matiz rosáceo pálido, como las mejillas de una polveada dama de antaño, pintábase en el crepúsculo.
Cerré los ojos.
Luego el amanecer, acogido justo en las faldas del cerro azul, convertido en una homogénea masa enorme de sólo dos dimensiones, como una enorme y gruesa capa de óleo azul de mar profundo en un arrecife de arenas blancas, sobresalía con la luz del crepúsculo, iluminándolo tenuemente, pero haciendo sobresalir su voluminoso contorno. Un resplandor anaranjado, perteneciente al sol que se aferraba a sus faldas, se asomaba como un beso tierno, justo en la esquina izquierda de los labios, consolando a los sauces llorones.
Unos pájaros de colas pizpiretas y estilizadas, negros, como los ojos profundos de mi amado revoloteaban como sombras obscuras, así como los barcos durante el ocaso del melancólico mar, eclipsan al sol en el horizonte.
La niebla nos acompañó por el resto del camino, el sol, acogedor, acariciaba las tiernas puntas que sobresalían de los maizales, que atrapaban la niebla entre sus tupidos pies.
Sueño a veces con un viaje, un periplo sin prisa, sin destino…
Donde pueda detenerme, donde y cuando mi alma lo dicte, a contemplar... Sólo contemplar, el alimento del alma casi extinto de la contemplación sustituido por la plástica y vana meditación**, inmortalizar momentos, guardar migajitas de la inmensidad... ¿¿con qué?? Con esos artilugios que un día alguien, de esos que no saben vivir el hoy sin el ayer inventó...
O quizá con aquellos más románticos (por no decir rudimentarios) que existen desde antes que hubiera letras siquiera, cuando apenas la mente lograba interactuar con los sentimientos para pintarlos, trasmitirlos y sobre todo, para sentirse dueño y rey de la creación como ser especial y divino... Que simples son los misterios de Dios que relucen en la naturaleza y que insensatas somos las personas.
Quizá recurrir al método al método por excelencia de inmortalización: los besos inolvidables, que siempre tienen un lugar en las más exclusivas habitaciones de la nata, romántica, real, hermosa y completa memoria.
Por: Andrea Alejandra Centurión Murillo | Medio pienso, medio siento | Comentarios (1) | Referencias (0)
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