Miércoles, 06 de julio de 2005
La intensidad del cielo, la consistencia de las nubes, las espirales de viento, los colores vivos o melancólicos, tristes, mates o alegres del aire; el grave sonido del horizonte... Todos armonizan el complejo tema de la naturaleza, con cambios sutiles y enormes que jamás desentonan.
¿Quienes componen las voces que componen esta compleja melodía?
Son los murmullos de seres de brisa que moran en los colores del cielo y en sonido del viento; se acuestan sobre las nubes y las esparcen lentamente como plumas, ellas, maternales, los acogen suavemente, volviendo su caída suave arrullo. Las criaturas, penetrando en la densa y blanda nube, cada vez mas densa hasta que caen en un mar fresco de agua, donde sacian la sed de su espíritu, donde moran las sirenas y los rayos de luz se purifican, se cristalizan para entibiar la tierra.

Son ellos que no tienen cuerpo físico, quienes adoptan a la naturaleza como tal, modificando gráciles con sus puros y traslúcidos sentimientos y emociones su cuerpo adoptivo, modificándolo todos a la vez como un lienzo colectivo, tan armonioso, tan delicado e imperceptible, cual barca que sutil deja tras sí su estela en un tranquilo lago neblinoso.
De vez en cuando esas seres se enamoran de mortales y es entonces cuando luchan por mostrar los cielos mas hermosos, los días mas bellos con los aires más puros y los horizontes mas lejanos y definidos. Intentan tomar posesión de el cielo, de apropiarse de un espacio del lienzo para manifestarse, luchan para dominar un segundo un espacio, sólo para decir "existo", "aquí estoy", te amo.
Una vez uno se enamoró de mí. Me hablaba con las nubes, me acariciaba con el soplo del aire, me besaba con la lluvia, me abrazaba con el sol... yo le escuchaba como nadie más, yo lo amaba.
Un día el mundo me hizo olvidarlo, y quizá se lo llevó el viento a otros rumbos, pero hace unos días callé, y escuché su voz susurrándome al oído, y vi el cielo... Y ahí estaba, tratando de hablarme, imponente, fuerte, dulce... Tratando de lucirse ante mi, reanudó su conquista, coloreando las nuves, cambiando su forma, me hablaba y yo le respondía. Luego con el atardecer, mi atardecer, me susurraba con formas y colores, con su latiente pecho descubierto que siempre me amaría, que sólo le pusiera atención, que ahí estaba, para mí, que no habría nunca nadie más que yo. Comprendí que los atardeceres eran míos, sus regalos, que el viento eran sus manos, la lluvia la fuente de sus labios, el sol su cuerpo...
Celoso me reprocha a veces de mis amores mortales, me perdona ciegamente ya que no comprende mi necesidad de amor carnal, dice saber que en mi interior yo lo amo... no lo sé. Pero jamás ya olvidaré a mi amante, el señor de los vientos.
Por: Andrea Alejandra Centurión Murillo | Medio pienso, medio siento | Comentarios (2) | Referencias (0)
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